Costumbres

Soy un animal de costumbres. Sobre todo con los horarios. Despertarme a las cuatro, desayunar a las ocho, comer a la una, hacer la siesta a las dos…

Todo lo que altera este croquis vital me hace andar mal todo el día, como un pato mareado. Trabajando en casa es relativamente fácil cumplirlo a rajatabla. Lo malo es cuando, de vez en cuando, me toca ejercer de guionista normal, es decir, de redacción. Y la típica reunión se alarga, y se alarga más y más, hasta que de pronto mi exhausto reloj corporal exclama: “¡Hasta aquí hemos llegado!”

Entonces, inevitablemente, siempre hay algún cabrón que pasa por ahí con su móvil e inmortaliza el momento.

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