Oculto

Levanto la vista de mi libro y Alba sonríe con sadismo: ha terminado de hacer el belén. Es uno de los momentos cumbre de todo el año. A mi hija le importan un pimiento los pastorcillos, los tres Reyes, la Virgen, San José y el niño. Ella disfruta escondiendo al caganer. Lleva desde los dos años haciéndolo y se ha convertido en la mejor profesional de este país. Y no exagero. Es astuta, cruel, imprevisible; llena el belén de falsos escondites (apetitosas cuevas, sugerentes recodos de la sierra de corcho) para que yo crea que el caganer está allí de cuclillas, haciendo su labor. Y nunca está, evidentemente. A veces, incluso, Alba se pasa de rosca y coloca dentro un humillante papelito enrollado con un mensaje de burla (“¡Sigue buscando, pringado!”), para que yo sepa que ella, la boss, sabía que empezaría buscando por allí. Es Irene Adler contra Sherlock. No, qué va. Es Moriarty  contra Mortadelo. No hay color. Sé que invariablemente, como cada año, terminaré derrotado y suplicándole que me diga dónde narices lo ha puesto esta vez. Entonces Alba soltará una carcajada triunfal. Maldita, cómo disfruta ese momento. Aunque no tanto como yo.

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