El sincrogente

La gente cambia. Recuerdo que el año pasado, por estas fechas, me presenté en pantalón corto en la mansión californiana de El Terrat y Joan (Joan Pons, la enciclopedia multimedia en formato antropomórfico), que lo llevaba largo, me lanzó uno de sus acalorados discursos sobre la conveniencia filosófico-estética de no mostrar los tobillos en el lugar de trabajo. Le creí. Ayer me presenté en pantalón largo (sudando como un gilipollas), y él llevaba unos escuetos bermudas. Le llamé traidor, por supuesto, y él se limitó a darme el pie de esta columna: “La gente cambia, Pep.” Y es cierto.

La gente cambia. Supongo que por eso se inventaron el facebook y las reuniones de antiguos alumnos: para descubrir que el más pringado del instituto ahora regenta una cadena de hoteles en Arabia Saudí, o que la más beata es puta. No hay manera de evitarlo. Bueno, sí: podríamos llevar implantado genéticamente un sincronizador. Como el que mantiene ligados nuestro ipod con las canciones del itunes. Y que los cambios que afectan a nuestros conocidos se fueran detectando automáticamente: desde el ex independentista que ahora vota PSC “por madurez” a la ex hippie cincuentona que se pone tetas. Aunque, bien pensado, inventar un chisme así, ¿no sería como quitarle la sal a la vida, dejándola sin giros imprevistos?

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