La página en blanco

Volver de vacaciones es como sentarte a escribir algo nuevo. Te asalta la misma sensación: hormigueo en el estómago, pánico y, al mismo tiempo, un chute de adrenalina galopando por las venas. Al principio no te sale nada y lo echarías todo a rodar. Apagarías el ordenador (o le echarías un vistazo al facebook, que es lo mismo sólo que con coartada social) o llamarías a tu comprensivo jefe para decirle que lo sientes mucho pero que tú, hasta nueva orden, te vuelves a tu isla a meditar bajo un cocotero. Al segundo siguiente, surge una primera idea, nada, un embrión, un garbancillo, te sientes una especie de dios chulopiscinas creando mundos y ya no cambiarías esa sensación por nada. Supongo que está escrito así, que todos tenemos que pasar el mal trago de esta lucha interna hasta pillar el tono intermedio que nos permite funcionar como una máquina engrasada. En cualquier caso, acabo de lograrlo un año más: página en blanco destruida. Misión cumplida. Empieza el baile, amigos.

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